La de vueltas que se ha dado con el tema de las mascarillas.

Hemos pasado por multitud de etapas desde que el Covid-19 llegó a España, la primera fue aquella en la que las mascarillas estaban agotadas en todos los establecimientos, ello implicaba que el pánico se acrecentara por momentos. Para aquel entonces, adquirirlas suponía apuntarse en una larga lista de espera. Los titulares especificaban que aunque no eran obligatorias, sí recomendables.

Más tarde hemos sabido que esta medida se tomó en base a que no había suficientes para todos. Tampoco pasó inadvertida la etapa en la que eran obligatorias en transportes públicos y coches particulares.

Ahora resulta que son obligatorias para aquellos mayores de 6 años en espacios públicos en los que no se puede mantener una distancia de 2 metros. ¡Qué jaleo!

Con el transcurso del tiempo, cada vez nos estamos acostumbrando más a su uso. Ya no es un elemento exclusivo de los sanitarios. Cada vez son menos los que se resisten a utilizarla y más teniendo en cuenta la última normativa. Salimos de casa, comprobamos que llevamos todo, cartera, móvil, llaves y ¡mascarilla!

No debemos olvidar que la mascarilla debe cubrirnos de manera ajustada nariz, boca y barbilla, ello supone tapar la mitad de nuestro rostro, la parte del cuerpo que más nos identifica.

Llevando la mascarilla los rostros se unifican y a más de uno le cuesta reconocer  caras conocidas.

Cada vez clavamos más la mirada en el pelo y en los ojos cuando antes nos fijábamos en el rostro de las personas en su conjunto.

Las mascarillas actualmente deben ser una parte más de nosotros.

Si con la llegada del verano su utilización todavía es obligatoria y si encima le sumamos el empleo de gafas de sol (empañadas), gorras, pañuelos… el camuflaje todavía será mayor.

Queramos o no, las mascarillas ya son parte del atuendo de la “nueva normalidad”.

 


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