Ir a la sala VIP del Alavés en Vitoria es un privilegio. Un oasis de carne, jamón, queso, mini hamburguesas, perritos calientes, croquetas… donde los elegidos se refugian antes del partido, en el descanso y al final.
Allí se charla, se presume, se brinda… y se come. Mucho. A veces, demasiado. Porque hay quien parece que no ha comido nunca. Las cosas del gratis: bandejas que vuelan, vasos que se llenan solos y miradas que calculan el próximo asalto al bufé.
El producto estrella: los bollos de chocolate
Y en todos los encuentros hay un protagonista inesperado: los McPops de McDonald’s. Pequeños, dulces, irresistibles. Y sobre todo, limitados.
Cuando aparecen, se forma una cola digna de un Black Friday. Brazos que se estiran, bandejas que desaparecen, miradas de sospecha. Y claro, llega el momento de la verdad: “Solo uno por persona”, avisa quien atiende, con tono de árbitro en el minuto 90.
Batalla por un bollo
Los bollos vuelan. Literalmente. La escena tiene su encanto: directivos, periodistas y aficionados compartiendo el mismo objetivo, el último McPop. Ni táctica, ni posesión, ni defensa en bloque. Aquí la estrategia es pura supervivencia.
Al final, todos acaban con su bollo, su sonrisa y su historia para contar. Porque en Mendizorroza, incluso en la sala VIP, el fútbol también se juega fuera del campo.









A eso se le llama papear por la geta.