1 año después de cerrar colegios en Vitoria ¡El recuerdo de 2 niñas!

Cuando está a punto de cumplirse un año del cierre de los primeros colegios en Vitoria las pequeñas Maia e Igone, de 9 años, recuerdan como un «rollo aburrido» no poder interactuar con sus compañeros, mientras que su maestra rememora el «agobio» de unos meses que reforzaron su convicción de que la enseñanza académica y emocional debe ser «siempre presencial, sí o sí».

El 9 de marzo de 2020 las familias de la ikastola de Infantil y Primaria Odon de Apraiz de Vitoria recibieron un whasap en el que se les avisaba de que ese mismo día el centro no abría sus puertas por casos de covid-19.

Odon de Apraiz se convirtió junto con otros dos colegios de la localidad alavesa de Labastida en la primera escuela en clausurar sus instalaciones, situación que se prolongó durante todo el curso.

Desde ese momento el alumnado cambió los pupitres por las mesas de sus casas y comenzó, como días después ocurrió en el resto de colegios, la educación a distancia, que pilló por sorpresa y sin la preparación necesaria a profesorado, familias y niños.

UN ROLLO ABURRIDO

Igone y Maia, que cursaban entonces tercero de Primaria no quieren ni volver a oír a hablar de la posibilidad de repetir la experiencia del confinamiento y de la docencia a distancia. Para Maia fue un auténtico «rollo» porque echaba de menos salir a la calle y reencontrase con sus amigas, con las que descubrió el contacto por videollamadas.

Maia y su hermana contaban con el apoyo de su madre para hacer los deberes, pero echaban de menos aprender jugando y cuando volvió a la ikastola en septiembre admite que «fue un poquito raro», sensación que al momento se convirtió en alegría al poder estar con sus amigas. «Se aprende más con la andereño y con los compañeros», asegura.

Igone comparte que el confinamiento fue «un poquito rollo» aunque no tener que ir al comedor escolar y comer en casa era motivo de alegría.

En su caso la vuelta al cole le puso «muy contenta», le hizo dejar la pereza a un lado y «despertarse rápido» para ver a sus amigos y regresar al aula.

Deja claro que «nunca, nunca» querría volver a un encierro como aquel, pero explica que, por si acaso, se están preparando con la formación digital. «Si nos confinan otra vez ya sabemos usar el ‘gmail’ y el ‘drive'», subraya.

FAMILIAS CONVERTIDAS EN DOCENTES

Águeda, madre de dos niñas, recuerda esos meses como «estresantes«. Fueron días de combinar su duro trabajo como enfermera en la uci de un hospital público con la docencia en casa, tarea que compartía con su marido.

Esta madre considera que el sistema educativo «no estaba preparado», aunque los docentes lo intentaron hacer «lo mejor que pudieron».

El mal recuerdo que relata contrasta con la vivencia de sus dos hijas que «lo vivieron bien hasta Semana Santa», pero luego «se empezaron a cansar» porque «querían estar con sus amigos y volver a clase» y a día de hoy tienen claro que no quieren repetir una experiencia que, a pesar de todo, han superado «de tal manera que es alucinante».

Con solo volver a pensar en un nuevo confinamiento la palabra que se le pasa por la cabeza es «agobio». «Esperemos que nunca más», confía Águeda, que considera que el hecho de que los niños no hayan resultado ser un vector importante de transmisión es una «baza a favor de los colegios».

¿CONFINAMIENTO?: DE NINGUNA MANERA

Estefanía es maestra en Odon de Apraiz y solo con pensar en aquellos «duros» meses suspira. Los vivió de forma «agobiante», sobre todo al principio, con una «implicación total» de la mayoría de las familias. «Hicimos lo que pudimos y salió más o menos bien», afirma.

No obstante, cree que «de ninguna manera» podría volverse a ese escenario. Siempre antes habría que buscar alternativas. «Grupos más pequeños, otros sitios, incluso en mi casa aunque fuese de cuatro en cuatro», ofrece.

La experiencia ha servido para localizar los «déficit» del sistema educativo, para «ponerse las pilas a nivel informático», para ser conscientes de la «brecha social» que existe entre alumnos de una misma clase y sobre todo para reivindicar que la enseñanza «siempre presencial, sí o sí».

En septiembre se encontró con una clase «con muchas ganas de aprender», con niños de entre ocho y nueve años «necesitados de amigos», con los que las maestras se volcaron en lo emocional, en como vivieron un confinamiento que «tuvo mucho efecto en ellos y les provocó muchos miedos».

El curso «va bien», los pequeños «vienen contentos y no se quejan» porque «llegan con ganas y la mascarilla es lo de menos». «Entran por tandas, tranquilos, se han acostumbrado (a las nuevas normas) mejor que los adultos», concluye Estefanía.

LAS MEDIDAS FUNCIONAN EN LOS COLEGIOS

La directora de la ikastola, Maru Agirrezabal, reconoce que fue todo «muy complicado» y que el profesorado asumió una labor «dura y ardua» de comunicación con las familias que, en ocasiones, carecían de medios telemáticos y en muchos casos no contaban con la formación suficiente.

Superada esa etapa, «ha sido muy gratificante» volver a los centros, subraya la directora, que explica que los meses de docencia a distancia han servido para reivindicar «la necesidad de estar presente» y de contar con espacios suficientes para desarrollar las actividades con seguridad y para ser conscientes de las carencias de las familias, no solo materiales sino en formación digital.

«Hemos aprendido un montón. Es necesario el contacto presencial y el contacto con la naturaleza», defiende Agirrezabal, en cuyo centro funcionan las medidas de prevención porque no se ha contagiado ningún alumno ni ningún trabajador en él, ya que los niños que han dado positivo se infectaron en sus entornos familiares.

Pasado un año, los profesores de Infantil y de Educación Especial ya han comenzado a vacunarse en Euskadi y la incidencia de la covid en las aulas vascas sigue siendo baja con su pico máximo el 25 de septiembre, al principio de este inusual curso, cuando las clases clausuradas temporalmente fueron 280, un 1,59 % del total.

Desde entonces, solo diez centros educativos vascos han tenido que suspender la docencia presencial, bien por brotes o por otras causas organizativas relacionadas con el coronavirus. EFE


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