punto profesorado Colegios concertados y niños

EFE).- Han pasado ya diez semanas desde que los centros educativos de Labastida (Álava) cerraron por el COVID-19. Fueron los primeros del Estado, junto con otro de Vitoria, y sus directores tienen ya la vista puesta en un próximo curso que perciben como duro y en el que apuestan por la coexistencia de las clases presenciales y telemáticas y por el refuerzo de la educación personalizada y emocional.

A pocas horas de que retornen al instituto alumnos de varias etapas educativas en Euskadi, los responsables del colegio público de Labastida, Iñigo Beristain, y de la ikastola concertada de la localidad, Ketzu Bedialauneta, relatan a Efe el camino recorrido desde que el 8 de marzo el Departamento vasco de Educación les avisase de que no podían abrir al día siguiente.

La incidencia del COVID-19 en la cercana localidad riojana de Haro, uno de los primeros focos de contagio comunitario junto con Labastida, de apenas 1.500 habitantes, y Vitoria, llevó a las autoridades a decretar estos cierres, los primeros en España, a los que siguieron los del resto del País Vasco.

Ambos recuerdan ese momento como un «shock«, al que tuvieron que hacer frente avisando a las familias y poniéndose manos a la obra para buscar soluciones.

Beristain reconoce que está acostumbrado a asumir retos. Dirige una escuela «muy diversa» con alumnado de distintas procedencias y con bajo nivel socioeconómico, en el que tienen que dar respuestas día a día. Asume que al principio todos los colegios «se precipitaron», pero que no tardaron en darse cuenta de las carencias en materia digital.

«El ecosistema de los colegios permite que te conectes con Pekín, pero no éramos conscientes de que si a esos críos les sacábamos del centro no se podían conectar con el vecino de al lado», alerta este director, que explica que muchas familias no disponían ni de dispositivos ni de conectividad, problema que se resolvió con la ayuda del Ayuntamiento y con el préstamo de equipos desde el centro.

Beristain cree que a partir de septiembre se debe ir a un modelo híbrido, que combine lo presencial con lo virtual, pero opina que lo realmente importante es hacer un análisis global del sistema y permitir a los centros que tengan propuestas «transformadoras» llevarlas adelante porque «sería un gran error implantar tecnología sin haber reflexionado antes sobre todo esto».

Como ejemplos cita la revisión de los currículos, la búsqueda de sistemas los más inclusivos posible y la formación personalizada. «Este bombazo debería servir para revisar las costuras del sistema educativo», reflexiona Beristain, que se muestra «optimista y pesimista a la vez» porque sospecha que «un gran porcentaje de centros y profesores ven esto como anecdótico».

Su petición de cara a septiembre es clara: «Si hay centros con propuestas transformadoras, como el nuestro, que se nos deje hacer».

A su juicio, es necesario hacer «una gran reflexión» y, en lugar «de arrancar a lo loco y recuperar el tiempo perdido», apuesta por «centrarse en lo emocional con las familias, el alumnado y el propio profesorado».

Por su parte el director de la ikastola apunta que esta situación ha implicado la formación en tiempo récord del profesorado. Al principio fue «una especie de carrera», pero pronto bajaron el pistón porque se percataron de que las familias y los niños «se agobiaban».

Cambiaron la metodología y «poco a poco» se han ido adaptando a esta nueva situación. También reconoce que esta crisis ha dejado claro que «las escuelas y las familias no están preparadas para trabajar digitalmente», a lo que se suma que en un pueblo la conectividad no tiene la misma calidad que una ciudad.

«Esto tiene que cambiar mucho. Hay mucha gente que no ha mandado un correo electrónico nunca», ha explicado este director quien, a pesar de todo, cree que una de las enseñanzas pasa por que a partir de ahora se debe trabajar con un modelo mixto.

Advierte de que «no todo tiene que ser digital» porque la escuela «es estar con los críos, hablar con ellos, abrazarles y animarles» y más si cabe en un municipio pequeño en el que los alumnos «no son tus hijos, pero como si lo fueran».

En su ikastola ya están pensando en septiembre, a la espera de lo que determinen las autoridades. «Pensamos ya en el plan B, en grupos reducidos y en el modelo mixto, luego ya veremos», explica, al tiempo que alerta de las dificultades de espacio y económicas que para una cooperativa educativa supone contratar más profesores.

Mientras tanto, de cara al final de curso prefiere «relajar un poquito» el ritmo de los escolares sin que pierdan los hábitos. «Han trabajado mucho. Los padres y los críos están cansados. Ahora hay que cuidar más que nada como están emocionalmente», defiende .EFE


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