La revista vitoriana Dato Económico nos cede un artículo que publicará la próxima semana, pero que viene al pelo cuando se celebra el día de la madre, el próximo domingo. Está firmado por Carlos Samaniego.
VALIENTE
«Cuando me pidieron que este mes tratase de insuflar un espíritu positivo a mi reflexión tenía claro sobre qué escribir: sobre la persona más valiente que conozco.
Puede ser que trate de enjuagar mi conciencia porque las prisas de mi día a día me impiden dedicarle el tiempo que merece; puede ser porque ahora todos estamos un poco más blanditos y con los sentimientos a flor de piel; puede ser fruto de un miedo irracional a perderla… yo qué sé. Pero se lo debo.
Y no se me ocurre mejor manera de transmitirle lo muchísimo que la quiero que hacerlo de esta manera.
Nació y creció en la Corre, que es donde se nacía antes, no en la clínica, sino en casa. Unos eran de la Zapa, otros de la Cuchi… todos humildes y todos de esa Vitoria sencilla de los de toda la vida.
Hija de ebanista y de cocinera en casa de señoritos bien, tuvo la educación que le pudieron dar hasta que tuvo edad de trabajar para ayudar en casa. Infatigable trabajadora en la universidad del naipe, como sigue llamando a los que trabajaban en Fournier, esperó a ser madre, para como otras muchas dejar de trabajar y dedicarse a nuestro cuidado y educación hasta que nos vio marchar orgullosa del trabajo bien hecho.
Abuela amorosa, siempre tenía un cuento nuevo o un relato inédito con el que sorprender a sus nietos, que hoy, ya padres, le reclaman para que se los cuente a sus hijos, porque esas historias, las de abu, es difícil encontrarlas en internet.
Cuidó de su madre, a quien se le detuvo el tiempo en su memoria, con una paciencia y un amor infinito en sus últimos años y hoy teme con pavor que le suceda lo mismo, por lo que ejercita su cerebro con profusión casi obsesiva y no es difícil encontrarla con un libro o un crucigrama en las manos.
A pesar de su edad, es mentalmente mucho más moderna, más tolerante y más dispuesta que muchos de nosotros que parecemos haber inventado el trabajo o la maternidad. Criar y educar a cuatro hijos en sesenta y cinco metros cuadrados, hacer malabares con el sobre que cada mes le entregaba su marido y hacerlo encima con amorosa entrega, eso sí que tiene su mérito.
Pero nadie dijo que la vida fuera justa, y ahora a sus ochenta y ocho años, cuando más falta le hacía sentirnos cerca, un maldito virus la tiene confinada en casa, sola y muy asustada.
Cada día, cuando le dejamos la compra en el felpudo nos busca en la mirilla con infinita tristeza y melancolía, en el fondo aliviada porque sabe que estar encerrada es estar haciendo bien las cosas y la única manera de hacerle un corte de mangas a la enfermedad, pero no puede evitar llorar aunque no la veamos, y tampoco sentir que nosotros también lloramos por ella con el corazón encogido.
Hablamos mucho por teléfono, y aunque todos nuestros días sean tediosamente aburridos, siempre buscamos un recuerdo o una anécdota con la que alegrarle la existencia o no decirnos nada, pero sentir que todo sigue bien. Incapaz para las nuevas tecnologías se sorprende cuando sus pequeños biznietos agarran su móvil y hacen virguerías donde ella es incapaz de hilar un mensaje, y lo fía a que cuando todo pase, hagamos un repaso a los cientos de videos, fotos o retos que sus hijos y nietos han colgado en el WhatsApp.
Cada día a las ocho se pone guapa, se pinta el morro y sale a su ventana a dar gracias a Dios y a los sanitarios.
Porque sigue a salvo, y aplaude y baila la canción que su hijo pone a todo volumen desde el otro lado de la calle y dice, pobre, que no tiene de nada de lo que quejarse, sino celebrar que cada día, por aburrido que sea, volverá a tener la oportunidad de verle.
Y claro que tiene defectillos, pero qué más da. Se ha ganado el derecho a tenerlos, y a protestar, y reivindicar que es mayor pero no idiota, y que ella, con otros muchos de los que ahora nos acordamos, hizo que el mundo en el que vivimos sea mejor que el que recibió de sus padres y que nosotros no aprenderemos la lección y dejaremos a nuestros hijos una herencia infinitamente peor que la recibida. Nuestra arrogancia está siendo nuestro suicidio, y si no, que se lo pregunten a un bichillo llamado Covid-19 que le ha dado la vuelta a todas nuestras prioridades.
Pero toda esta mierda pasará, y daré gracias a Dios por mantenerla viva, e iremos a ese restaurante que le apetece conocer y al que no tuve tiempo de llevarle, como esa última vez, en la que mano a mano, me sorprendió con historias de vida, de amor y de muerte, o de una guerra que nunca quiso contarme, porque como ella dice, nunca pregunté.
Y como dice la canción, tenemos la mala costumbre de querer a medias y no mostrar lo que sentimos, o echar en falta lo que amamos o añorarlo cuando lo perdemos. Y me rebelo por no apreciar lo que de verdad importa y no quiero que ese tren pase sin expresar lo que siento.
Ya sé que su historia no es muy diferente a la de muchas mujeres bravas para las que cada uno de Uds., tendrá un rostro, un nombre o un recuerdo.
Para mí, es el relato de una heroína valiente que se aferra a la vida porque todavía tiene mucho que enseñarnos.
Es al fin y al cabo la historia de mi madre.









Gracias, Carlos, por tu preciosa carta que me ha emocionado y hecho recordar a mi madre, a la que por desgracia ya no tengo a mi lado. He sentido como si estuvieras hablando de ella. Y como nuestras madres, toda una generación de mujeres y hombres irrepetible, que ha enriquecido nuestras vidas y las de las sucesivas generaciones con mucho amor, sacrificio y generosidad.
¡Qué bonito homenaje éste!.
Me ha encantado!!! Tiene que estar orgullosa tu amatxu de que hayas escrito una carta tan bonita, me ha emocionado, aver si pasa pronto esta mierda y podemos darles ese abrazo que tanto se merecen.
Preciosa, una carta, preciosa. Gracias. Estas amatxus que han liderado su vida entre obstáculos y zancadillas, entre risas y sonrisas, se merecen toda nuestra atención. Siempre, nuestra atención, aunque sientan que son ellas las que han de seguir velando por sus hijos. Siempre contigo ama.
Preciosa carta y muy emotiva.
Si tod@s l@s hij@s fuéramos como tú, no habría sociedades donde se deja a nuestr@s mayores «para luego» y todos recibirían la atención y cuidados que merecen.
Mi aplauso a Carlos y a todas las amatxus.
Pilar