eh bildu

EFE).- EH Bildu afronta las elecciones autonómicas del 12 de julio con el reto de afianzarse como la principal fuerza de oposición en Euskadi y también como referente hegemónico de la izquierda vasca, a través de nuevos discursos y prácticas políticas que conviven en equilibrio con sus herencias del pasado.

Camino de cumplir una década, la coalición que integra a Sortu -la izquierda abertzale heredera de Batasuna-, EA, Alternatiba y la ya disuelta Aralar, se presenta ante la sociedad con un perfil que incide en la dialéctica tradicional izquierda-derecha, por encima del debate identitario y de las recurrentes cuestiones relacionadas con el «conflicto político» vasco.

Un punto al que EH Bildu llegó tras la decepción por la pérdida en 2015 de las principales instituciones que llegó a gobernar en 2011, cuando obtuvo unos excelentes resultados electorales impulsados por el efecto del fin del terrorismo, y también, sobre todo, por la irrupción de Podemos, primera fuerza política en Euskadi en las consecutivas elecciones generales de 2015 y 2016.

En las autonómicas de septiembre de 2016, en una convocatoria más favorable para sus intereses, la coalición, con Arnaldo Otegi como candidato inicial hasta que los tribunales lo inhabilitaron, recompuso la figura y volvió a convertirse en segunda fuerza política, con 255.172 votos y 18 escaños, una posición que ahora le aseguran todas las encuestas.

De hecho, el sondeo publicado por el Gobierno Vasco el 11 de junio le confirmaba la segunda posición tras el PNV con 19 escaños, uno más de los que obtuvo en la pasada legislatura, mientras que el CIS también le coloca como principal referente de la oposición y de la izquierda, aunque seguido de cerca por un pujante PSE-EE.

Aunque EH Bildu se ha consolidado como alternativa, la posibilidad de alcanzar el poder pasaría por un pacto de izquierdas con Elkarrekin Podemos -que insiste en proponerlo- y el PSE-EE, una posibilidad que el líder abertzale Arnaldo Otegi calificó el pasado 7 de junio de «ciencia ficción».

La amenaza de Podemos y la adaptación a los nuevos tiempos post ETA ha llevado a EH Bildu a girar hacia la «política real» y a hacer valer su influencia también en Madrid, al modo en que lo viene haciendo históricamente, con importantes beneficios, el PNV.

Este giro cristalizó en su postura en la moción de censura contra Mariano Rajoy en junio de 2018 y con posteriores posiciones que facilitaron el acceso al poder del PSOE, y se ha reafirmado contundentemente en las negociaciones para aprobar los sucesivos estados de alarma por el covid-19.

En esta ocasión, EH Bildu no ofreció sus votos a cambio de nada, sino que se metió de lleno en el barro de una negociación con el PSOE que culminó en el polémico acuerdo para derogar íntegramente la reforma laboral, suscrito por la coalición abertzale, Podemos y el PSOE, que trató de rebajar su alcance horas después de que se hiciera público.

Con este primer gran pacto firmado por la izquierda abertzale en Madrid, EH Bildu presentó un botín que acentúa su perfil de fuerza de izquierdas por encima del debate identitario que centró su discurso durante décadas.

La caprichosa agenda quiso que este pacto coincidiera en la misma fecha en la que la coalición exhibió uno de los numerosos tics del pasado que aún arrastra, al negarse a firmar en el Parlamento Vasco una resolución de condena del ataque al domicilio de la secretaria general del PSE-EE, Idoia Mendia, dentro de la campaña de presión contra los partidos desatada por el Movimiento por la Amnistía y contra la Represión (ATA), un grupo disidente de la izquierda abertzale.

Esta campaña de apoyo al preso de ETA en huelga de hambre Patxi Ruiz, con pintadas y amenazas a distintos partidos, incluida la propia Sortu, situó a EH Bildu ante el espejo de prácticas amparadas y alentadas por la izquierda abertzale durante décadas, al tiempo que dejaba en evidencia las disensiones internas que la nueva política suscita en su ámbito sociológico.

Las declaraciones de la portavoz de EH Bildu en el Congreso, Mertxe Aizpurua, precisamente la que firmó el pacto de la reforma laboral con el PSOE, en la que contextualizaba el ataque al domicilio de Mendia y lo vinculaba con la «situación extrema» que viven los presos de ETA, y las del líder de Sortu, Arkaitz Rodríguez, quien dijo que las pintadas se quitan con acetona pero la muerte de presos «no es reversible», sonaron a discurso de otra época y sirvieron para que sus contendientes políticos pudieran señalar sus contradicciones.

EH Bildu es consciente de la erosión que le ha causado este rebrote de la «kale borroka» en Euskadi, hasta el punto de que su líder, Arnaldo Otegi, aseguró a principios de junio que, tanto quienes lo ejecutan, en alusión a ATA, como quieres lo utilizan para exigir una condena más contundente, buscan el mismo objetivo, que consiste en «debilitar» a la coalición abertzale.

Al margen de estos debates, que incomodan a EH Bildu, la candidatura que encabeza Maddalen Iriarte intentará presentarse en la campaña como alternativa de Gobierno ante un PNV cuya capacidad cuestiona este grupo, que incidirá en casos como la tragedia de Zaldibar o la crisis de la covid-19 para desmontar el «mito de la buena gestión» de los jeltzales. EFE


Compartir

1 Comentario

Dejar respuesta