Hay decisiones políticas que retratan a quien las toma mejor que cualquier discurso. Y la última ocurrencia ridícula del diputado general de Álava, Ramiro González, —autoproclamarse “mandatario” de manera oficial— es una de esas escenas que provocan una mezcla incómoda entre sonrojo, ridículo y estupefacción.
Por cierto, el mismo día que no ha ido a la reunión oficial para hablar de despidos de familias alavesas. ¡Váyase Sr. González! Desaparecido ante 301 despidos en Álava
Es el del récord de sueldo: ¡Se sube el sueldo! Récord histórico de un político en Vitoria Y ahora del egocentrismo. Es de coña este político. Oiga, caballero, deje de hacer el ridículo, por favor.
FOTO OFICIAL DEL «MANDATARIO»:

LA RAE, ¿Qué dice?
Resulta difícil entender cómo alguien que gestiona dinero público, con un sueldo que ya de por sí invita a la prudencia y a la humildad, decide envolverse en un título que ni corresponde, ni procede, ni respeta el significado que la propia RAE recoge: persona que ocupa por elección un cargo muy relevante en la gobernación del Estado y, por extensión, quien ocupa ese cargo sin haber sido elegido.
Lo grave no es solo el exceso de ego, sino la desconexión absoluta con la ciudadanía.
INFLADO
En un momento en el que la gente pide transparencia, cercanía y responsabilidad, nuestro diputado general opta por el camino contrario: inflarse el cargo, adornarse el currículum y jugar a ser lo que no es.
PARODIA
Y lo hace, además, desde un despacho pagado por todos, con recursos públicos y con una solemnidad que roza lo paródico.
Porque sí, es de vergüenza ajena. No por el término en sí, sino por lo que revela: una pulsión por elevarse por encima del resto, por revestirse de grandeza institucional sin haber demostrado grandeza política.
Un gesto que habla más de inseguridad que de autoridad, más de vanidad que de servicio público.
La ciudadanía no necesita mandatarios autoproclamados. Necesita gestores serios, responsables y conscientes de que el poder no se exhibe: se ejerce con humildad.
Y, sobre todo, necesita que quienes viven de los impuestos de todos recuerden que los títulos no se inventan… se ganan.
CONCLUSION: UNA DE CAFÉS
En fin, si algo hemos aprendido de este episodio es que algunos necesitan títulos grandilocuentes como otros necesitan café por la mañana: no porque hagan falta, sino porque sin ellos parece que no arrancan.
Y mientras tanto, la ciudadanía mirando el espectáculo con la misma mezcla de risa y resignación con la que se observa a quien se compra una corona… para seguir siendo el mismo de siempre:
El agotado y acabado Ramiro González.









