Refugiados que hace treinta años dejaron una Bosnia partida por la guerra para iniciar una nueva vida en Euskadi han animado a los ucranianos que llegan a España y les han dicho que «de todo se sale» y «la gente les va a ayudar a empezar de cero».
VITORIA
Así lo ha recalcado a Efe Adisa Subasich, una de las mujeres de origen bosnio que el 7 de diciembre de 1992, cuando era aún una niña de once años, llegó al aeropuerto de Vitoria en compañía de su madre y hermano, de ocho, para desplazarse más tarde a Markina, en Bizkaia, el municipio donde ha encontrado su hogar.
Adisa formó parte del grupo de 133 mujeres y niños que llegaron a Euskadi con ayuda de la agrupación de ayuda a los refugiados CEAR y fueron acogidos en los municipios de Markina -donde se asentaron 16 personas-, Mundaka, Ordizia, Legazpia, Eskoriatza, Amurrio y Vitoria.
En aquellos días fueron evacuados de Bosnia en diferentes vuelos 2.500 refugiados que fueron acogidos en distintas localidades de toda la geografía española.
«ERA UNA CRÍA»
Adisa, de 41 años, lamenta que el conflicto de Ucrania haya hecho revivir a las personas que desde Bosnia llegaron a España como refugiados la pesadilla que vivieron entonces.

«Yo era una cría y desde mi casa veíamos los bombardeos. Tuvimos que salir con lo esencial para despistar a los serbios y que no supieran que nos íbamos de Bosnia. Es el horror de la guerra», recuerda.
Cuando acabó el conflicto, pudieron reunirse en Markina con su padre, a quien no había visto desde hacía cuatro años y medio, y que fue el único superviviente de un bombardeo en el que resultó herido de gravedad.
Hoy, esta familia continúa viviendo en Markina, una localidad de poco más de 5.000 habitantes que Adisa pronto sintió como suya y a la que agradece profundamente que se volcara en acogerles.
OPE
Esta mujer, que domina el castellano y el euskera y prepara ahora unas oposiciones para el Servicio Vasco de Salud-Osakidetza, sólo ha vuelto a Bosnia en una ocasión, en una visita que llevó a cabo en 1998 y que la removió por dentro.
VIOLACIONES
«Mi familia es de Srebrenica, donde se produjo un genocidio. Y al reunirme con mis tías y ver que a una le faltaba un hijo, que otra de las hijas había sido violada… Ves sus ojos y necesitas un año entero para olvidar esa mirada triste», confiesa.
«Ahora los refugiados ucranianos están en el shock y seguramente reharán su vida como hicimos los bosnios. El ser humano está capacitado para aguantar hasta lo peor y de todo se sale», alienta esta mujer, que durante 14 años regentó un bar en Markina y más tarde trabajó en una quesería de la zona.
Javier Galparsoro, presidente hace treinta años de la delegación de CEAR en el País Vasco y hoy también responsable de esta agrupación en Euskadi, fue el encargado de acompañar a los 133 bosnios en el vuelo que les condujo desde la capital de Macedonia hasta el aeropuerto de Vitoria.
Galparsoro cuenta que la acogida de este grupo resultó un momento «muy emocionante», porque escapaban de una guerra que acababa de comenzar y, como ahora sucede con los refugiados ucranianos, tampoco pudieron viajar con padres y abuelos.
Aunque en su mayor parte no hablaban castellano, la inocencia y espontaneidad de los niños facilitó la integración de las familias en los municipios de residencia, donde comités de acogida se encargaron de que no les faltara de nada.
Así, en municipios como Markina pusieron pisos a disposición de estos nuevos vecinos, mientras que en Mundaka se acondicionaron viviendas en la antigua casa del cura.
«Con el paso del tiempo, cuando se vio que la guerra terminaba, muchos decidieron volver pero otros se quedaron. Habían aprendido el idioma, se habían casado…», afirma.
El representante de CEAR en Euskadi se ha mostrado convencido de que, tal y como ocurrió hace treinta años con las personas que huyeron de la guerra de Bosnia, la acogida de los ucranianos en España «va a ser extraordinaria».
«Somos un pueblo que tuvimos que emigrar en la Guerra civil y la postguerra y vamos a intentar que durante el tiempo que dure esta tragedia sean acogidos de la mejor forma posible», ha prometido.
«Ellos tienen la esperanza de que van a volver a su país lo antes posible, pero por desgracia los conflictos duran más de lo que pensamos y hay que estar preparados para una estancia más larga», ha advertido. EFE









osease, la tal adisa tiene 41 años y está opositando a la osaquidecha, sin detallar nádená. Bueno, la gochone «dirige» esa cosa sin hacer oposición niná.