OPINION: Mikel Rodríguez debutó el sábado con el Alavés como si llevara años entendiendo lo que significa este escudo. Llegó el 17 de julio, lloró en su primera rueda de prensa y el sábado salió como un tornado desde el banquillo en el minuto 57 para demostrar que esas lágrimas no eran debilidad, sino compromiso.
Entró junto a Mariano y ambos revolucionaron el partido, pero lo de Mikel tuvo algo especial: salió a darlo todo, sin reservar ni un gramo de interés, fajándose en cada balón como si fuera el último.
Por cierto, con las medias a la altura de los tobillos
Tiene chispa, mucha chispa, transmite algo distinto, calidad, de esos jugadores que en cuanto pisan el césped conectan con la grada sin necesidad de discursos. Vitoria reconoce rápido a los que vienen a pelear, y Mikel lo hizo desde el primer segundo.
FALLO
Su mano a mano fallado con el portero pudo haberle nublado, como les pasa a tantos recién llegados. Pero su gesto de rabia, ese brazo al aire lleno de verdad, puso los pelos de punta: era frustración sana, que nace del que quiere más. Y volvió a aparecer. Y volvió a buscar. Y volvió a creer. Hasta que llegó el pase de Mariano y esta vez la mandó dentro con la izquierda.
Cualquier otro se hubiera borrado tras el primer fallo.
Él no. Él siguió. Él insistió. Y quizá por eso Mikel ha entrado tan rápido en el corazón de Vitoria: porque no vino a hacer un debut, vino a hacer una declaración. En 33 minutos dejó claro que aquí no se juega solo con botas, sino con alma. Que fallar duele, pero rendirse duele más. Que un gesto de rabia sincera puede unir más que un gol, y que levantarse después del error es lo que distingue a los que pasan de los que se quedan.
Mendizorroza lo vio, lo sintió y lo adoptó. La afición del Alavés y Vitoria se enamoraron, y él respondió con fútbol, con coraje y con verdad. Si este es el comienzo, lo que viene puede ser apoteósico. Porque algunos llegan… y otros se quedan para siempre (ojalá).








