Más de 2.000 millones de euros invertidos en el desarrollo del euskera, forzando en muchas ocasiones, es una cifra demasiado importante como para dejarla de lado en el análisis. Una cantidad que no responde a los resultados finales de uso entre la sociedad: sólo el 7 por ciento de los alaveses usa nuestra lengua.

Y desde luego la conclusión es muy clara: se ha gastado o invertido mucho dinero sin éxito aparente.

Algo se ha hecho mal, evidentemente.

Las políticas de discriminación positiva del euskera en la Administración pública han podido tener sentido durante las décadas de los ochenta y noventa.

Primero, para salvarlo de la desaparición y, después, para consolidarlo como una lengua útil.

Pero hemos llegado a un punto que era difícil de prever. La inmensa mayoría de nuestros jóvenes ya la conocen, pero no lo usan allí donde no es obligado hacerlo. Ni en casa ni en sus relaciones sociales.

Por el camino nos hemos gastado muchos millones.

¿Hay que insistir en la misma estrategia o los nuevos tiempos exigen un cambio de rumbo para que la ‘Lingua Nabarrorum’ se convierta en una opción voluntaria para una mayoría a la hora de expresarse, al margen de militancias?

¿No habremos llegado a un punto donde seguir ‘euskaldunizando’ por decreto puede ser contraproducente para el propio euskera?

La apuesta económica no ha sido proporcional en otros ámbitos: creación de empleo, salida de la crisis económica…

La Ley de Normalización Lingüística impulsada hace tres décadas no vale ya. Una norma realizada desde el consenso, pero que no da resultados. Es cierto que varias generaciones se han podido formar, pero el reto es que el euskera sea lengua de uso habitual en el ámbito privado. Y desde luego con imposiciones no se va a lograr. Y esa sensación existe.

Mucha culpa tienen los gobernantes que han querido monopolizar el idioma hacia una sola dirección ideológica. Ya es hora de cambiar, puesto que se trata de un patrimonio de todos. Sin imposiciones y con naturalidad, seguro que se acentúa el bilingüismo.



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