Las normas a favor del euskera en la Administración pública son tan exigentes que generan rechazo entre muchos funcionarios.

La  tarea a la  que se obligan a menudo nuestras instituciones forzando el uso del euskera en algunos ámbitos, genera situaciones poco naturales.  Este proceso tan artificial para hacer que un idioma cobre importancia puede generar frustración, incluso animadversión, por parte de los no euskaldunes. Algo totalmente contraproducente a la hora de normalizar y hacer crecer un idioma.

Tomemos como ejemplo el documento distribuido entre los trabajadores de la universidad pública vasca titulado ‘Pautas y criterios que regulan el uso las dos lenguas oficiales en las comunicaciones oficiales de la UPV/EHU’.  En su interior leemos cosas como “el saludo inicial, tanto en relaciones telefónicas como presenciales, siempre se hará en euskara (…) si la persona usuaria se dirige en euskara a la persona trabajadora que no sabe bien euskara y si ésta ve que no es capaz de ofrecer el servicio de manera adecuada en euskara, solicitará ayuda a alguien que sea vascohablante”.

En el apartado ‘Comunicaciones habladas entre el personal’, pretende regular las propias conversaciones entre trabajadores,“…el saludo inicial se realizará en euskara, aún teniendo nivel bajo de euskara. La conversación, según la capacidad de la persona interlocutora, se mantendrá en euskara”

También es obligatorio forzar la presencia del euskara a la hora de organizar eventos o actos.  Este documento nos propone varias estrategias: “organización de sesiones paralelas para cada lengua”,  “Proveer información en una lengua y mostrar la presentación (por ejemplo en la pantalla) en la otra lengua” . O “si se desea realizar el acto solamente en euskera y algún participante no es vasco-hablante, se puede utilizar la interpretación simultánea susurrada”.

El fracaso de una lengua

Henrike Knörr ya dejó escrito que la “normalización y normativización pertenecen a aquella categoría de las condiciones necesaria para la vida de las lenguas. El resto lo deben hacer los hablantes, deseando la vida de la lengua y dándole vida todos los días”.

En ese sentido, este inmenso lingüista alavés reconocía en algunas entrevistas antes de su fallecimiento en 2008 que no podía evitar la sensación de que la lengua que tanto amaba había fracasado.

La sobreprotección del idioma durante las décadas de los ochenta  tenía una misión clara, su supervivencia. En los últimos años noventa y en los primeros años del siglo XXI el objetivo era  su implantación en la educación y la administración. Misión cumplida, pero ahora el reto es mucho mayor. El uso del euskera en el ámbito privado no se corresponde con el nivel de conocimiento del mismo en la sociedad. Los jóvenes estudian en euskera pero no lo utilizan ni en su casa ni en sus relaciones sociales.

La encrucijada del euskera

Andrés Urrutia, presidente de Euskaltzaindia, reconocía este mismo año que «hay unos ámbitos en los que se ha progresado mucho, como en los de la Educación y los medios de comunicación, y hay otros en los que parece que la cosa no ha ido tan bien», en referencia a los espacios privados, como por ejemplo la familia, donde el uso de la lengua apenas supera el 10% de la población.

Difícil encrucijada para un idioma que, como todos, necesita ser querido y utilizado, si de los datos se deduce que sólo triunfa donde se impone.

La calle y el hogar son los retos del euskera, y ahí las instituciones no pueden obligar a nadie. Es la hora de pensar en otras estrategias. Parece que hacen más por el euskera, y resultan más baratas, iniciativas que sacan el idioma a la calle de forma voluntaria y amable.



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