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«Resignación» es la palabra que define el ánimo de los vascos en el que tratan aún de asumir el cierre perimetral de su comunidad y la prohibición de desplazamientos no justificados entre municipios que ha decretado el Gobierno Vasco para frenar el galopante avance de la pandemia en Euskadi.

Una «nueva anormalidad» con la incertidumbre como protagonista entre los ciudadanos que, con ánimo responsable pero un tanto hastiados de la covid, debaten en sus entornos sobre qué se puede hacer y qué no en esta recién estrenada situación de alarma.

Una coyuntura que, con diferentes medidas, como el toque de queda entre las 23.00 y las 6.00 horas, pretende limitar al máximo la movilidad de las personas para frenar la expansión del virus.

2 Dudas

Abuelos que viven en un municipio y deben recoger a sus nietos en un colegio situado en otra localidad para llevarlos luego a casa de los padres o empleados que, aprovechando su desplazamiento para ir a trabajar, pretenden hacer unas compras en un municipio distinto al suyo son, entre otros, algunos de los casos «dudosos» que se plantean este martes en los grupos de WhatsApp de familiares y amigos en el País Vasco.

Mientras tanto, los demoledores datos de la enfermedad -con un porcentaje de positivos del 8,2 % en Euskadi, y 40 localidades de más de 5.000 habitantes (la mayoría de ellas guipuzcoanas) con índices superiores a los 500 casos por 100.000 habitantes-, penden como una «espada de Damocles» sobre una comunidad autónoma atenta también a la presión hospitalaria sobre sus ucis, donde el número de ingresados se sitúa en 74.

Si la situación en Gipuzkoa es la más alarmante, San Sebastián, con 574 infectados por 100.000 habitantes en los últimos 14 días, ha sido la primera capital vasca en entrar en la denominada «zona roja», un color que mancha a cada vez más la geografía vasca con la salvedad de Álava, donde ninguna población se encuentra en esta situación.

La entrada en vigor de las nuevas medidas decretadas por el Gobierno vasco, las más restrictivas de España en cuanto a la movilidad, se dejan notar ya en las carreteras de San Sebastián, donde el flujo de vehículos ha sido algo menor a primeras horas y a mediodía de ayer era apreciable en las principales arterias donostiarras.

El entorno de las estaciones de autobuses y de Renfe, situadas a escasos metros una de la otra, es reflejo también de la nueva situación, con una larga fila de taxis faltos de clientela haciendo cola en sus puertas y chóferes ociosos lamentando que si antes el número de sus carreras ya era «flojo» ahora es «aún peor».

Los taquilleros de la estación de autobuses constatan también una notable reducción en el número de desplazamientos, «sobre todo en los viajes a Bilbao y al aeropuerto», aunque todavía «no se ha planteado la reducción de algún servicio», mientras que sus homólogos de Renfe han detectado un aumento de las consultas sobre los desplazamientos en tren fuera de la comunidad.

«En los viajes de cercanías no ha habido mucha reducción porque la gente sigue moviéndose con normalidad para ir al trabajo o a estudiar, pero en los de larga distancia, a Madrid, Barcelona, Burgos y Valladolid sí», aclara uno de ellos.

Los bares del entorno se han visto afectados igualmente por el descenso de viajeros e incluso uno de ellos ha decidido ya abrir más tarde, a las 12.00 horas en vez de a las 8.00, porque ya es «muy poca» la clientela que para a desayunar a esa hora.

Los indigentes que habitualmente frecuentan la zona también se han dado cuenta de ello y se han desplazado al centro, donde el movimiento de personas es mayor y los hosteleros, relativamente satisfechos por poder cerrar a las 23.00 horas en vez de a las 21.00 como tenían que hacer hasta este lunes, cuentan con un mayor número de clientes.

En Bilbao, el ambiente que se respira entre los vecinos también oscila entre quienes consideran necesarias las nuevas restricciones -algunos incluso abogan por endurecerlas y que se implante un confinamiento total los fines de semana- y la resignación de sectores como el de la hostelería para quienes estas medidas podrían suponer «la puntilla».

Algunos bilbaínos consideran las restricciones una «improvisación» por parte de las instituciones, aunque otros creen que las autoridades «hacen lo que pueden» y que sería «ilógico» pensar que actúan «por fastidiar».

La imposibilidad de salir de la localidad en la que uno reside es otra fuente de polémicas. «El cambio de provincia me parecería bien, el cambio de municipio lo veo exagerado», resume un vecino.

«No es la más acertada porque si tomamos las medidas de seguridad en un municipio, las vamos a tomar en otro, y si no las tomamos, no lo hacemos en ninguno», explica Tamara, trabajadora autónoma que lamenta no poder ir a ver a sus padres, que no viven en Bilbao, y que a su colectivo se le obligue a invertir su dinero en adaptarse a medidas que cambian cada poco tiempo.

Por su parte, Janire, propietaria de un bar, denuncia que desde el principio el sector hostelero haya estado en el punto de mira pese a que «no tiene el cien por cien de la culpa», y sostiene que la reciente prohibición de servir en la barra, que ha precintado con cinta de color amarillo y negro, hace su negocio inviable.

«He perdido más del 80 % de la clientela. Si el bar no da ¿qué hago? ¿A mí quién me ayuda?», se pregunta esta bilbaína que ha diseñado unos carteles con la frase «5 minutos» para colocar en las mesas de aquellos que «superan la media hora con un café» para que dejen paso a más clientes. EFE


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