Rafael Herrero (EFE).- En diciembre de 1991, cuando el fin de ETA apenas se podía atisbar, dos presos etarras alzaron por primera vez la voz contra el sinsentido de la violencia y la deriva de sus responsables. Fue la «primera grieta» en el muro monolítico, la primera brecha en un frente que tardó años en desmoronarse.

Uno de los principales artífices de aquel episodio fue Manuel Avilés, entonces director de la cárcel de Nanclares de la Oca (Álava), donde se encontraban internados los dos primeros disidentes «públicos» de ETA.

Avilés relata en «De prisiones, putas y pistolas» (Editorial Alrevés) los pormenores de la operación, cumpliendo una promesa hecha a otro de los protagonistas, el exministro Antonio Asunción, entonces secretario general de Instituciones Penitenciarias.

La historia tiene otros dos actores principales, Isidro Etxabe y Josu Urrutia, los dos presos que, en conversación con sus familiares, dejaron clara su postura contraria a los atentados, fueron grabados en la prisión de Nanclares y, posteriormente, asumieron públicamente su posición, lo que supuso su expulsión de la banda.

Con una prosa directa, visceral y descarnada, Avilés rememora los entresijos de aquel capítulo casi olvidado, con detalles sobre cómo se montó el dispositivo de escuchas, los motivos para hacer públicas las conversaciones y las consecuencias que acarreó: el germen de lo que se llamó la «vía Nanclares» de reinserción de presos de ETA que renunciaban a la violencia.

«No eran extraterrestres, no eran monstruos, eran tíos normales, simplemente tenían una idea, creo que equivocada, de que enfrentándose al Estado de la manera que lo hacían estaban obrando correctamente. Pero hablabas con ellos y eran tíos con sentimientos, con familia y, en el caso de los de Nanclares, no aceptaban los atentados indiscriminados», recuerda Avilés en conversación con EFE.

Tras grabar a los dos presos de Nanclares, ETA puso una diana sobre Avilés, quien fue trasladado a la cárcel de Valencia, para después convertirse en el enviado de confianza del ya ministro del Interior Antonio Asunción para tomar la «temperatura» a los presos en las cárceles.

Se entrevistó con decenas de reclusos de ETA en todas las prisiones españolas, desde Juan Lorenzo Lasa Mitxelena, Txikierdi, hasta José Antonio Ruiz, Kubati. Después «elaboraba un informa criminológico sobre la situación de cada persona, de su postura», explica el funcionario, ya jubilado y dedicado ahora a escribir artículos y libros.

Los presos estaban dispersos por la política «ideada por Asunción en 1989», un «arma» contra ETA que «dio en el clavo», porque logró debilitar las cadenas de control social que sometían a los presos, sobre todo a través de los abogados, algunos de los cuales, como Arantza Zulueta o Txemi Gorostiza, tienen un papel importante en el relato de Avilés.

De hecho, en una conversación grabada entre estos abogados y tres reclusos de ETA en 1993 en el penal de Alcalá Meco (Madrid) se planteó, según relata el libro, atentar contra Avilés. «A Arantza Zulueta no le tengo ningún rencor, es más, me gustaría tomar un café con ella, sin ningún problema», sostiene el exdirector de Nanclares.

Avilés tiene tan claro que la dispersión fue un arma efectiva como que actualmente «ya no tiene ningún sentido, ni legal, ni fáctico», por lo que acercar a presos de ETA a Euskadi, como está haciendo el Gobierno español, no supone aplicar «beneficios penitenciarios», sino cumplir la ley, que establece que «un penado tiene que cumplir cerca del sitio en el que va a volver a vivir cuando salga en libertad».

Incluso es favorable a que progresen de grado y a que los que tienen las tres cuartas partes de la condena cumplidas salgan en libertad condicional, ya que no existe la posibilidad de que vuelvan a delinquir, porque «ETA ha desaparecido».

Sobre este punto no tiene dudas, a pesar de lo que algunos sectores «de la derecha» afirman, al asegurar que ETA está ahora en las instituciones, una tesis que rechaza por completo.

«Yo, que no hablaba en mi nombre, les decía a todos esos presos que salen en el libro y a otros: ‘vosotros defended lo que queráis, pero no peguéis tiros, entrad en las instituciones y defendedlo'», recuerda Avilés, quien considera que «lo que no puede ser es que en los años 90 estuviéramos machacándoles la cabeza con lo de ‘dejad de matar y entrad en las instituciones’ y ahora nos quejemos de que estén en las instituciones».

Para llegar a este punto hizo falta pasos adelante de «hombres valientes», como a su juicio fueron Isidro Etxabe y Josu Urrutia, los que abrieron la «primera grieta» que dejó en evidencia la falsedad del discurso de ETA y HB, «que defendían justo lo contrario, que no había fisuras, que eran un ejército monolítico y que nadie se desmarcaba».

Los protagonistas, junto con el propio Avilés y Antonio Asunción, del primer paso de un lentísimo declive que ya no tuvo vuelta atrás. EFE


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