Hay victorias que no se celebran: se lloran. Y lo de este Baskonia es una de esas. No es un título más, es un abrazo con todos los que alguna vez nos llevaron de la mano al Buesa, con quienes ya no están para gritarlo, con quienes crecieron enseñándonos que estos colores no se explican: se sienten.

Cuando el equipo levantó el trofeo, algo dentro de miles de personas se rompió y se recompuso al mismo tiempo. Fue como si la ciudad entera exhalara un suspiro que llevaba años guardado, un suspiro que sabía a orgullo, a memoria y a hogar.

El llanto que no se puede evitar

Porque no lloramos por un partido. Lloramos por todo lo que arrastra. Por las noches de derrota, por los viajes interminables, por los niños que hoy miran con los ojos que nosotros teníamos hace décadas.

Lloramos por los padres que ya no pueden ver esto, por los amigos que se fueron, por las promesas que hicimos en voz baja cuando parecía imposible volver a tocar el cielo. Cada lágrima que cae hoy lleva dentro un nombre, un recuerdo, una historia. Y por eso duele tanto. Y por eso cura tanto.

La ciudad que late al unísono

Y entonces aparece la imagen que nos desarma: la Virgen Blanca llena, la plaza temblando, miles de gargantas rotas cantando como si el mundo se hubiera detenido para mirar a Vitoria.

Los jugadores en el campo, los abrazos, la gente llorando sin vergüenza, sin freno, sin miedo.

Porque en ese instante no somos individuos: somos un solo corazón latiendo al mismo ritmo. Un corazón enorme, indestructible. Un corazón que hoy, por fin, vuelve a sentirse eterno. Inmortal.

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