Por Divina Beas (EFE).- Balance duro de la COVID-19 desde que irrumpió a finales de febrero de 2020, desterró abrazos y descabezó la sociedad de sus mayores, además de haber instalado la ansiedad y la inseguridad en nuestras vidas.

La pandemia ha destruido rutinas de vida y de sentimientos y ha obligado a mantener distancias, sin besos ni abrazos, y ha invadido la sociedad de soledad y dolor por las personas fallecidas, la mayoría de ellas ancianas.

El miércoles, día 24 de febrero, se cumplirá un año de la aparición oficial en Cataluña del primer caso diagnosticado de coronavirus en una joven de origen italiano que vive en Barcelona y que había viajado a su país días antes, cuando Italia vivía los primeros compases de la epidemia.

Aún pasaron casi tres semanas hasta que los catalanes se dieron cuenta de que sí, de que esta enfermedad no era como la gripe, que iba en serio y que tendríamos que encerrarnos en casa como ya lo estaban millones de ciudadanos chinos y centenares de miles de italianos, en un intento de parar la expansión del virus.

De hecho, los máximos responsables de salud de España y Cataluña, el hasta hace poco ministro de Sanidad Salvador Illa y la consellera de Salud ahora en funciones, Alba Vergés, aún apelaban a la tranquilidad el día 12 de febrero del año pasado.

Su llamada a la calma, en una rueda de prensa conjunta en Barcelona, se dirigía en especial a los visitantes y participantes del Mobile World Congress (MWC), que estaba previsto para febrero y que finalmente no se celebró, por la cascada de cancelaciones de muchas de las empresas tecnológicas participantes.

Sólo dos casos positivos leves, en las islas de la Gomera (Canarias) y Mallorca (Baleares), empañaban en febrero el panorama general de la enfermedad en aquel momento, y el ministro y la consellera consideraban que no era necesario adoptar grandes medidas preventivas.

Tres días después, el 15 de febrero, se empezaron a detectar casos de coronavirus en Italia, que ya no dejaron de aumentar, y que no tardaron en sobrevolar el Mediterráneo y aterrizaron en una semana en Barcelona, con los casos de la mujer italiana y el de un joven catalán que había vuelto de viaje por el país transalpino.

Cuando el Gobierno español decretó el estado de alarma a mediados de marzo en toda España, las ciudades parecieron convertirse en escenarios de una superproducción cinematográfica de catástrofes, un «rodaje» que se extendió semanas, mientras los más pequeños y los ancianos fueron los que más sufrieron a vivir condenados entre las cuatro paredes de sus casas.

Antes de eso, los sanitarios se convirtieron en los héroes y heroínas de la película y les aplaudían cada tarde, a pesar de que ellos y ellas sólo pedían la protección adecuada para atender a lo enfermos y no contagiar a sus familias.

El miedo y la soledad de las personas hospitalizadas y los familiares que no podían estar a su lado y sabían poco o nada de ellas durante días encogió a todos, y sólo la tecnología de móviles y tabletas aligeraron esta angustia, que aún sigue.

Algunos han superado el virus en casa pero los que lo han hecho en las residencias han debido pasar el calvario añadido de estar muchos meses sin visitas de la familia, aislados en habitaciones cada vez que había un contagio durante las tres oleadas del virus vividas hasta ahora.

La falta de relación social con familiares, amigos y vecinos por el miedo al contagio, la decepción con los gestores políticos, más preocupados en ocasiones por su partidismo que por el bien común, y el agotamiento mental de vivir sin poder viajar, sin poder socializar en los bares son sentimientos que se repiten.

Junto al dolor, el paro y todo lo que comporta no tener trabajo, son otros síntomas que deja en herencia un año de pandemia.

Con la vacunación ya en marcha, parece que sólo queda aguantar unos meses más y seguir con las medidas preventivas hasta que toque recibir la preciada dosis del antígeno.


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