Vitoria se enfrentaba a cierres hosteleros tardíos hace 174 años
Vitoria - Gasteiz. 21-12-2016. Exposición en la Sala Fundación Vital ‘Paaarisien!, fotografías y vivencias en blanco y negro, Vitoria-Gasteiz 1880-2009’ en la Sala Fundación Vital. Nuria González

«Así fuimos», Policía Local de Vitoria – Gasteiz. Un resumen de la historia de la Guardia Urbana publicado por el Ayuntamiento y extraído del libro «Alguaciles, serenos y guardas» de José Martín Veamurguía Basterra. Tenían que saber leer y escribir, pero no todos los conseguían. Y uno de los «mayores problemas era que las tabernas no cerraban en el horario establecido». ¿Te suena?

NACIMIENTO

Desde su nacimiento y hasta mediados del siglo XX, la Policía Local de Vitoria-Gasteiz vivió un proceso de transformación que será clave para comprender su labor en la época actual. Los primeros policías, que accedieron al Cuerpo por necesidad, se vieron obligados al pluriempleo por los bajos salarios y fueron utilizados en las rencillas políticas, que caracterizaron esta convulsa época de la historia de la ciudad. No dejaron, sin embargo, de cumplir, sin apenas medios, como garantes de la convivencia entre vitorianos.

Antecedentes históricos

1181
La fundación de Vitoria, por parte de Sancho VI, obedece a una estrategia militar. Se establecen entonces los primeros reglamentos para preservar la seguridad de la ciudad.
1476
Fernando El Católico, ante la inseguridad provocada por los enfrentamientos entre bandas, que actuaban a modo de guerrilla urbana, establece una serie de normas en las que se contemplaba brevemente la vigilancia de las calles por parte de los propios vecinos.
1747
Por primera vez se regula la actuación de los llamados Porteros de Varas y de los Merinos dotando de cierta profesionalidad a dos oficios hasta entonces planteados como complemento de otras actividades.
1810
En plena ocupación francesa, el movimiento antinapoleónico crea la Guardia Cívica de Vitoria.
1830
Se crea la Compañía de Serenos, encargada de la vigilancia nocturna, después de que la Guardia Cívica quedará desacreditada por su ineficaz actuación en los disturbios provocados por los movimientos populares en 1814.
1877
Se establece la Ley Municipal que regula definitivamente la organización de la seguridad ciudadana.
1890
Se da cierta unidad al servicio desempeñado por alguaciles y serenos bajo la denominación común de Guardia Municipal, si bien perduran las diferencias entre guardias diurnos y nocturnos.

Alguaciles y serenos

La seguridad ciudadana en el siglo XIX estaba en manos de los alguaciles, encargados de la seguridad en las horas diurnas y los serenos en las horas nocturnas. Los alguaciles se dividían a su vez en función de su responsabilidad en merinos y porteros.

Los merinos tenían un papel protocolario, hacían funciones de ujier, controlaban los espectáculos públicos y ejercían de auxiliares de justicia.

Los porteros de varas tenían las mismas funciones que los merinos, si bien con un grado inferior de responsabilidad.

Los serenos nacieron en 1830 para garantizar la seguridad nocturna. Sus patrullas, desde la caída del sol hasta el amanecer, evitaban robos, ofrecían auxilio a los ciudadanos, llamando al médico o al cura, y evitaban los estragos de los incendios al dar la voz de alarma.

Junto a ellos convivían los vigilantes de policía, que ayudaban en la extinción de incendios y vigilaban el estado de limpieza de calles y edificios, y el almotacén que fue el vigilante del comercio interior y se ocupaba de gestionar la Casa Refugio, una especie de albergue municipal.

Una aproximación al Cuerpo

Las personas

A lo largo del siglo XIX, el «retrato robot» del aspirante a Policía Local era un hombre de 32 años, casado, nacido en Vitoria o en los pueblos de la Llanada y que buscaba una ocupación extra con la que mantener a su familia.

En la primera mitad del siglo XX, cambiaron las características del aspirante a Policía Local, siendo ahora un alavés de la Llanada, soltero, de unos 26 años, que ejercía como labrador y buscaba un primer empleo por cuenta ajena.

En general, se puede afirmar que fue la necesidad la que llevó a los vitorianos a optar por un puesto en la Policía Local. Sin embargo, las expectativas que el servicio municipal de seguridad ofrecía no eran buenas, de manera que fueron muchos los que estaban obligados a realizar varios oficios a lo largo del día.

Los medios materiales

Los medios materiales con los que contaban serenos y alguaciles en el siglo XIX eran escasos y estaban concebidos más como símbolos de autoridad que como armas de defensa. Los serenos, que realizaban el trabajo nocturno y por tanto más peligroso, fueron dotados en 1830 con un «chuzo», llamado años más tarde «lanza», mientras que los alguaciles patrullaban con una vara o junquillo.

Los empleados de día, como representantes del Ayuntamiento en la vida cotidiana, portaban una vestimenta de carácter protocolario, mientras que la de los empleados nocturnos buscaba el camuflaje entre las sombras de la ciudad.

Los serenos, por su parte, hacían la ronda con farol, chuzo, silbo, piedra de fuegos, yesca, eslabón y pajuelas para el farol. A todo ello, se sumó en 1872 una carraca con la que hacer más efectivos los avisos de incendios.

A pesar de que en sus orígenes se defendió que serenos y alguaciles no portaran armas, en 1890 se consideró la posibilidad de armar a los recaudadores y guardias nocturnos por las especiales características de su puesto de trabajo, dotando a los antiguos serenos de un revolver y una linterna eléctrica. El alcalde Apraiz, con la oposición de toda la Corporación, tomó la decisión en 1894 de dotar de revolver también a los guardias diurnos. Un año más tarde, Apraiz abandonó la alcaldía y la oposición impuso su criterio, perdiendo de nuevo la guardia municipal su carácter de cuerpo armado.

En 1902 surgió un nuevo intento de armar a los guardias municipales por parte del regidor del momento, González Herrero. El intento fracasó en esa legislatura, pero se impuso en la siguiente perdurando hasta la actualidad.

En la segunda mitad del siglo XX la dotación de medios de la Guardia Municipal mejoró de forma notable. En 1955 ya se planteó la compra de 4 motos, 8 bicicletas y una camioneta para el servicio de noche. En los años posteriores, se sumaron grúas, coches radiopatrulla y, desde 1966, una emisora propia.

La comisaría

El emplazamiento de alguaciles y serenos fue a lo largo del siglo XIX motivo de enfrentamientos políticos en el consistorio vitoriano. Durante más de 40 años, la capilla situada a la izquierda del atrio de San Miguel estuvo secularizada y fue el centro de operaciones de los serenos, mientras los alguaciles no contaban con un espacio propio y solían reunirse en el propio ayuntamiento.

Este hecho provocó numerosos enfrentamientos entre el Ayuntamiento y la Iglesia. En 1865 pese a los requerimientos del párroco de San Miguel, el consistorio se negó a trasladar el retén a otro lugar, si bien reconoció la necesidad de vigilar que los detenidos no gritaran ni profirieran insultos o palabras soeces.

Un año más tarde y a petición de nuevo del párroco de San Miguel, el Ayuntamiento decidió trasladar el retén de presos a los bajos de Villasuso, dejando San Miguel únicamente para las reuniones de los serenos. Sin embargo, este acuerdo no se hizo efectivo hasta que en 1872 los feligreses de San Miguel ofrecen una recompensa de 250 pesetas para acondicionar un nuevo local.

El largo conflicto no se resolvió hasta 1879 y el cambio se realizó de forma definitiva en 1908. Pocos años después se trasladó el retén a la calle de las Escuelas, entre el conservatorio de música y el colegio Ramón Bajo. Hacia 1940 se desplazaron las oficinas a la Plaza de España, a un lado de la Casa consistorial, mientras que el retén continuó en el Campillo.

Las oposiciones

En 1855 se establecieron en Vitoria las primeras normas para regular el acceso al cuerpo de serenos. Era necesario tener entre 25 y 40 años, buena conducta, una constitución fuerte y sin defectos, saber leer, escribir y contar y estar empadronado en la ciudad. Estas normas se completaron en 1880 con las cuatro reglas aritméticas.

La primera noticia concreta respecto a exámenes para acceder al cuerpo data de 1867 y la prueba consistió en una lectura, un dictado y dos divisiones.

No será hasta 1928 cuando cambien las condiciones de acceso, añadiendo a los principios de saber leer, escribir y las cuatro reglas aritméticas, el conocimiento de las ordenanzas municipales y el reglamento del cuerpo. La primera talla mínima de la que existe constancia en el Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz es de 1.65 metros, llegando poco tiempo después a 1.70 metros.

A pesar de que las pruebas de aptitud de los aspirantes a Policía Local, en estos años, parecen sencillas, son pocos los que lograron hacerlas correctamente. A falta de aspirantes el Ayuntamiento optó, en la mayoría de los casos, por «hacer la vista gorda».

Así, por ejemplo, en la oposición celebrada en 1921 sólo 7 de los 26 aspirantes fueron capaces de resolver las operaciones aritméticas. Ni en las oposiciones de 1923, ni en las 1928 se lograron cubrirse las plazas debido al bajo nivel de los aspirantes.

Tan sólo en periodos de crisis económica, años 30 y 40, se cubrieron todas las vacantes a Policía Local. Sin embargo, el crecimiento económico experimentado por la ciudad en los años 60, forzó un nuevo retroceso y en 1959, hubo 19 vacantes, en 1960, 20 y en 1965 llegaron a ser 38 las plazas de Policía que quedaron vacías. La situación fue calificada como grave, ya que la plantilla no llegó nunca a estar cubierta.

Los salarios

El hecho de que el presupuesto para alguaciles y serenos fuera desde sus inicios incluido en las partidas municipales garantizó su supervivencia. Si bien, la contrapartida a esa seguridad en el trabajo fueron unos sueldos muy bajos. A pesar de que ambos cuerpos se unieron en 1890, persistieron las diferencias salariales entre los serenos, ahora guardias nocturnos y los alguaciles o diurnos, siendo éstos últimos mejor pagados. No fue hasta 1948 cuando los guardias nocturnos lograron equiparar su salario con el turno de día.

Con el tiempo, el consistorio añadió cantidades complementarias como la gratificación por servicios extraordinarios en las fiestas de La Blanca, o la participación en el cobro de las multas.

Los bajos salarios obligaron a menudo a los guardias, como a otros muchos vitorianos, a pluriemplearse en otros oficios, cosa que no sólo no era mal vista por el consistorio, sino que era empleada como argumento para eludir subidas salariales. Así, según un escrito municipal de 1918, los guardias nocturnos no eran merecedores de un aumento de sueldo puesto que contaban con al menos medio día para emplearse en otras ocupaciones.

En 1955 se concedieron mejoras salariales supeditadas a que los guardias se dedicaran de manera primordial al servicio municipal. Los agentes podían completar su sueldo cobrando recibos, repartiendo sobres o realizando servicios de oficina.

Policías Locales, protagonistas de la vida ciudadana

No fue fácil en esta época la labor de la Policía Local. Sometidos por una parte al control del consistorio, cuya imagen representaban en la calle, y por otra a la crítica de los ciudadanos, serenos y alguaciles protagonizaron escenas de la Vitoria del siglo XIX.

En 1848 los mayores problemas de las horas nocturnas lo constituían las tabernas, que a menudo no cerraban a la hora establecida por el Ayuntamiento y con cuyos clientes tenían que lidiar los serenos. Debían además evitar el robo en las casas ya que, pese a estar penalizado, los vitorianos mantenían la costumbre de dejar puertas y ventanas abiertas. También era habitual la insalubre costumbre de arrojar aguas sucias por la ventana, lo que estaba totalmente prohibido, pero que en no pocas ocasiones sufrieron los serenos.

En 1890 el Ayuntamiento estableció la norma básica de comportamiento del guardia municipal. Éste debía ser un modelo de moralidad, las vejaciones, las malas palabras, los malos modos y las acciones bruscas, estaban absolutamente prohibidas y eran objeto de sanción.

Los ciudadanos tenían además una gran capacidad de control sobre los funcionarios, que según el artículo 107 del reglamento de 1917 debían ir provistos de un cuaderno en el que todo vitoriano tendría derecho a anotar las faltas de servicio o de cortesía en las que el guardia incurría en el ejercicio de su trabajo. En él se reflejaban también los agradecimientos.

Hubo guardias municipales aficionados a la labor detectivesca, funciones que llevaban a cabo fuera del horario laboral. Destaca, en este sentido, el alguacil Fernández de Pinedo a quién se atribuyó la detención de los culpables de un robo con triple asesinato ocurrido en Betoño y una importante contribución en la detención del asesino conocido como «Sacamantecas».

Pero no todos los incidentes fueron tan amables.

Los años previos a la Guerra Civil fueron trágicos para la Guardia Municipal del Vitoria. El 15 de febrero de 1932 fue asesinado el guardia nocturno Clemente Foronda, al intentar impedir que un grupo de personas quitara un cartel mandado colocar por el gobernador y en el que se prevenía a los vitorianos ante el movimiento subversivo que se avecinaba.

Unos meses más tarde, en el primer aniversario de la proclamación de la II República, cuando se estaba celebrando el baile final de fiesta, un grupo de personas comenzó a apedrear el quiosco de la música. Esto motivó la intervención de la Guardia Municipal, momento en el que se produjo la muerte por disparos del guardia diurno Fidel Perea.

*Información extraída del libro «Alguaciles, serenos y guardas» de José Martín Veamurguía Basterra.



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