El próximo miércoles 19 de febrero a las 19:00h en el Aula Luis de Ajuria, quienes tengan interés en conocer la figura de este alavés que reformó Cuba a comienzos del siglo XIX podrán hacerlo de la mano de Juan Bosco Amores, profesor de la UPV y catedrático de Historia de América.

La figura de Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa es muy importante para conocer la historia y realidad cubanas. Díaz de Espada nació en el pueblo alavés de Arroiabe en 1756 y se formó para ser sacerdote en Segovia. Pronto destacó por su inteligencia e inquietudes culturales y tras ser ordenado en 1782, se licenció en Teología por la Universidad de Salamanca, una de las más prestigiosas de todo el mundo,
ocupando varios cargos internos los cuales compaginaba con tareas de gobierno tanto para la Iglesia como para la Corona.

En el año 1800 fue nombrado obispo de La Habana por Pío VII donde ejerció su magisterio hasta su muerte en 1832.

Desde su nueva posición, comenzó una reforma de la Iglesia cubana y de las instituciones sociales como nunca antes, destituyendo a muchos cargos que servían como muro a sus ideas ilustradas para Cuba y nombrando a personas eruditas y muy honradas que
buscaban el bien común de los cubanos, lo que causó mucho revuelo entre
las instituciones religiosas y civiles de la isla.

Pese a las dificultades iniciales, los ciudadanos y autoridades fueron viendo los progresos que se hacían gracias a la nueva dirección eclesial llegada a la capital cubana.

Su campo de actuación abarcó una multitud de campos destacando en la cultura, la educación, la sanidad o las infraestructuras incluyendo las  mejoras en la salubridad pública. Disciplinó al clero e ilustró a los dirigentes civiles y religiosos para trabajar por el progreso de Cuba, fundando además organizaciones de ayuda a los más necesitados y enfermos, muchos de los cuales morían por las calles sin atención ni cuidados previos.

Su funeral fue muy concurrido por la fama popular que adquirió en vida este obispo alavés. Como muestra de agradecimiento por todo lo que progresó Cuba en esos años, las exequias duraron varios días y su cuerpo fue sacado en procesión por el centro de la ciudad.

Está enterrado en una capilla de la Catedral de La Habana. Dos de los muchos legados perennes que dejó este obispo son una avenida con su nombre y un altar -que aún hoy se puede visitar- a San Prudencio, patrón de Álava, en la propia Catedral de la capital de Cuba, encargado por Díaz de Espada para difundir así devoción a este santo por la isla caribeña.


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