Los adolescentes que sufren experiencias «adversas» como violencia física o emocional, divorcios complicados en su familia y padres con adicciones o en la cárcel, tendrán de adultos peor salud física y una esperanza de vida menor, que puede incluso acortarse en 20 años.
Esta es una de las advertencias lanzadas por la doctora en Psicología y profesora de Psicología Social de la Universidad del País Vasco Ignacia Arruabarrena, durante su ponencia «Nueva visión del concepto de violencia», en el marco de la jornada «Todos los sentidos contra la violencia infantil y adolescente: promoción de derechos y prevención».
El concepto de violencia infantil, ha explicado, ha evolucionado desde que comenzó a hablarse de ella a finales del siglo XIX, ya que en un principio se refería únicamente al maltrato físico.
Paulatinamente se han añadido otras casuísticas como la negligencia física (no alimentar o velar por la salud del menor), el maltrato psicológico, la violencia sexual y la exposición a la violencia, que tiene «efectos similares» a los que causa en el niño sufrirla de manera directa.
Las incorporaciones más recientes han sido la violencia digital, es decir, la que se ejerce a través de los medios digitales y las redes sociales; y la violencia prenatal: conductas negligentes durante la gestación (consumo de drogas o ausencia de control médico) que arriesgan el correcto desarrollo del feto.
LA VIOLENCIA INFANTIL ES «HETEROGÉNEA»
De esta manera, la violencia que sufren los niños y adolescentes es «heterogénea» tanto en sus características como en función de quién la ejerce, la relación de la víctima con el maltratador, la intensidad del maltrato y su frecuencia, entre otras cuestiones.
De hecho, «raramente» se sufre un solo tipo de violencia, sino que quien ha sido víctima una vez se vuelve más vulnerable y tiene «entre dos y tres veces más riesgo de sufrir» más episodios violentos de distinta naturaleza a lo largo de su vida.
Esa «polivictimización», ha señalado Arruabarrena, tiene efectos acumulativos, de manera que sus consecuencias son «más devastadoras» que sufrir un único tipo de violencia aunque sea de manera reiterada.
Tiene además un «gran impacto» en la salud mental, con riesgo de trastornos afectivos y personalidades propensas a la adicción, y se rige por el principio de «efecto dosis-respuesta», es decir que «sufrir dos victimizaciones es peor que sufrir una, sufrir tres peor que dos y así sucesivamente».
«En muchos casos no es un suceso puntual sino una situación crónica», ha expuesto la profesora, que ha precisado que hay colectivos más propensos a ser víctimas de violencia como los discapacitados, los menores de familias empobrecidas o migrantes y los que tienen una orientación sexual no mayoritaria.
EL CEREBRO ES SENSIBLE A EXPECIENCIAS TRAUMÁTICAS
Arruabarrena ha explicado que en los cinco primeros años de vida se produce el 90 % del desarrollo cerebral y que en esta etapa el cerebro es «altamente sensible» a experiencias «traumáticas» que pueden afectar en la salud física y mental.
Ha evidenciado que los casos que llegan hasta las autoridades «son solo una parte» del problema y que la mayor parte de los casos que gestionan los servicios sociales, en torno al 70-75 %, están relacionados con la «deprivación afectiva y cognitiva» a la que «sorprendentemente» se destinan menos recursos que por ejemplo al maltrato físico.
La deprivación afectiva y cognitiva hace referencia a la carencia de experiencias de cuidado, afecto, cariño y emociones placenteras durante la infancia, y sus consecuencias en el desarrollo emocional, físico y psicológico del niño «pueden ser tan graves como el maltrato físico».
Para luchar contra la violencia infantil, ha concluido la doctora, hay cuatro pilares: la prevención, la identificación precoz, la protección y la reparación. Todo ello regido por el principio general de «la cultura del buen trato» (amor y negociación, principalmente) y la creación de «entornos seguros» para los niños y adolescentes». EFE


