Por Julián Negro (EFE).- Un mes desde que comenzó todo. Este sábado se cumple un mes desde que se conocieran los dos primeros casos positivos de contagio del COVID-19 en Euskadi. Una Euskadi que tiene desde entonces más de doscientas familias rotas por el dolor de haber perdido un ser querido y un colectivo sanitario extenuado por el trabajo.

Un mes en el que la preocupación por la situación sanitaria ha ido aumentando, como han ido aumentando los positivos, hasta superar los 4.000, y el número de fallecidos hasta unas cifras insospechadas en aquel 28 de febrero en el que el Departamento de Salud del Gobierno Vasco daba a conocer que ya había dos personas contagiadas por el COVID-19 en Euskadi. Comenzaba lo que para muchos está siendo una pesadilla.

Euskadi se ha quedado, como el resto de España, con las calles, las empresas, los bares, los comercios, las escuelas vacías y los hospitales llenos. Con las residencias de ancianos como uno de los puntos más preocupantes para familiares y autoridades, y con los hospitales y sus profesionales como «diana» de la admiración y el agradecimiento ciudadano diario, que se vio reforzado después de que el pasado día 18 falleciera una enfermera vizcaína, la primera víctima mortal del coronavirus entre el personal sanitario de España.

Un mes desde que una mujer guipuzcoana que viajó a Milán fue diagnosticada como la primera vasca contagiada oficialmente por el COVID-19. A partir de ahí, todo fue a peor. Al día siguiente dos casos más, ya estos desde uno de los principales focos de contagio en el País Vasco: el Hospital de Txagorritxu. Primero, una sanitaria que viajó a Andalucía días atrás y luego compañeros suyos.

La primera muerte se registró el 4 de marzo. Un paciente vizcaíno de 82 años que, como la gran mayoría de los fallecidos, presentaba pluripatologías previas y no pudo superar la infección.

Pero ha sido Álava y más en concreto Vitoria donde más ha azotado el coronavirus la vida de sus habitantes. Además del foco del Hospital de Txagorritxu, un funeral celebrado en la capital alavesa a finales de febrero propagó el virus por la ciudad y por las localidades riojanas de Haro y Casalarreina, de donde provenían la mayoría de los que participaron en el sepelio.

Vitoria ronda los 1.500 positivos reconocidos y uno de sus barrios, el de Sansomendi, ha llegado a superar la tasa de los 900 contagios por 100.000 habitantes.

El tercer foco: una residencia vitoriana en la que, a falta de datos oficiales, han fallecido al menos diez usuarios. En total, en residencias vascas han fallecido 24 ancianos hasta la fecha, de ellos 23 en centros de Álava y uno en Gipuzkoa.

Toda esta situación generó una indudable inquietud entre las administraciones, que decidieron medidas excepcionales ya a mediados de este mes. Vitoria se convirtió en la primera capital de provincia española en la que se adoptaba una medida como la de cerrar sus centros educativos para frenar la expansión del coronavirus.

Fue el 9 de marzo cuando más de 50.000 alumnos vitorianos dejaban las aulas y los patios vacíos. Pero poco después, desde el día 13, eran todos los centros de Euskadi, universitarios y no universitarios, los que daban por suspendidas sus actividades académicas presenciales. Más de medio millón de estudiantes.

Era el preludio de lo que vendría. El lehendakari, Iñigo Urkullu, decretó el estado de emergencia sanitaria en Euskadi el 13 de marzo y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, «subió la apuesta» inmediatamente y decretó el estado de alarma, que ya está prorrogado hasta el 11 de abril próximo.

El 15 de marzo fue un domingo atípico en el País Vasco, soleado pero sin apenas nadie en las calles. Ya no se podía salir de casa salvo para una serie de actividades tasadas.

En las primeras horas de aquel día muchos se sorprendieron al ver pasar patrullas policiales que advertían por su megafonía de la prohibición de deambular por las calles, bajo pena de multa, al menos. Desde ese día, las policías han sancionado a más de cuatro mil vascos por saltarse el confinamiento.

Los ciudadanos han tenido que aprender a trabajar desde casa, a hacer cola en las panaderías con un metro y medio de distancia, a ponerse unos guantes antes de entrar en el súper o a saludar a sus vecinos y amigos sin estrecharse las manos o darse dos besos.

Todo ha cambiado en un mes. Hasta los presos de las cárceles han visto suspendidos sus «vis a vis».

La pandemia también está teniendo unos efectos muy negativos en la economía. El Gobierno Vasco ya habla de una posible recesión en los próximos meses, después de que ya se hayan presentado en Euskadi más de 13.000 expedientes de regulación temporal de empleo, con casi 100.000 trabajadores afectados.

Todo ha cambiado, especialmente para 180 familias. La pregunta es ¿de todo lo que ha cambiado este coronavirus cuánto tardará en volver a ser como antes?. EFE


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