Por Mercedes Zabaleta (EFE).- Nadie o muy pocos previeron a finales de 2019 que la extraña enfermedad de la que se había comenzado a tener noticias en China se iba a convertir en 2020 en una pandemia que mataría a miles de personas, y ante la que, en plena era tecnológica, solo cabría la ancestral receta de la cuarentena y el confinamiento.

Más de 2.800 personas han muerto de covid-19, de las cuales casi 900 eran ancianos ingresados en residencias, y más de 100.000 se han contagiado desde que se detectaron en febrero los primeros casos en Euskadi, una comunidad que se ha situado en la zona alta de la tabla de incidencia durante varios periodos de la crisis.

El desánimo se ha convertido además en parte de la vida de los ciudadanos, que deben informarse casi a diario sobre lo que pueden y lo que no pueden hacer en el maremágnum de restricciones, en muchos casos contradictorias, que rigen sus costumbres más cotidianas.

El año concluye con la esperanza puesta en las vacunas, cuyas primeras dosis se han suministrado ya en tres residencias de mayores de Álava, Bizkaia y Gipuzkoa, aunque la euforia inicial se ha visto truncada en parte por la aparición de nuevas variantes del virus más contagiosas en Reino Unido y Sudáfrica.

LA PRIMERA OLA: De la «tranquilidad absoluta»….

«Serenidad y tranquilidad absoluta», fue el mensaje que el Consejo Asesor de Enfermedades Infecciosas del País Vasco lanzó a la ciudadanía el 24 de enero sobre el nuevo coronavirus, un mes antes de que, el 28 de febrero, se detectaran dos contagios en la comunidad autónoma y al día siguiente otros dos más en el Hospital de Txagorritxu, en Vitoria.

En esas semanas la atención estaba todavía en asuntos como el adelanto electoral o la defenestración de Alfonso Alonso como candidato del PP a lehendakari aunque quedaba muy poco para que el coronavirus fagocitara la información al completo.

Álava, puerta de entrada

Álava empezó a perfilarse como uno los principales focos de incidencia a nivel nacional y, de hecho, algunos estudios sitúan este territorio como la puerta de entrada del virus en España.

El 4 de marzo se registra la primera muerte por covid-19 en el País Vasco y cinco días después Vitoria es la primera capital de España en cerrar los colegios, un paso que el 12 de ese mes dan el resto de centros educativos vascos.

Comienza entonces un rosario de cancelaciones de actos deportivos, económicos, culturales y judiciales hasta dejar prácticamente en blanco el calendario de acontecimientos y el 13 de marzo el Gobierno Vasco decreta el estado «emergencia sanitaria», anuncia el cierre de la hostelería, los museos y los centros de día para mayores pero descarta el confinamiento.

Confinamiento

Esta medida inédita llega horas después de la mano del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que decreta el estado de alarma y el confinamiento domiciliario el 14 de marzo, un mes que había comenzado con un decena de casos en el País Vasco y concluye con 2.000 ingresados en hospitales, doscientas personas en la UCI, tasas de positividad del 34 % y entre 30 y 40 muertos diarios.

Tras el pico de contagios que llega el 25 de marzo la curva inicia su descenso a lo largo de los meses de abril y mayo y comienza a plantearse la «desescalada».

Primero fueron los paseos por franjas horarias, y poco a poco abrieron comercios, peluquerías y bares hasta que el 19 de junio entró la «nueva normalidad», otro vocablo que ha dejado la pandemia y que la realidad ha demostrado que tiene bastante de nueva y poco de normalidad. Ese día se habían registrado en el País Vasco 14 nuevos positivos.

SEGUNDA OLA

Se acerca el verano y los ciudadanos indagan en las indicaciones sobre cómo habrá que mantener la distancia en las playas mientras la actividad retoma el pulso y se garantiza la celebración, con formatos adaptados, del festival de Jazz de San Sebastián, la Quincena Musical y el Festival de Cine, entre otros eventos.

Las primeras señales de alerta se producen en junio con un foco en el Hospital de Basurto, aunque es el 5 de julio cuando se detecta el primer brote importante en una zona de bares de Ordizia, localidad que estrena los cribados masivos que serán casi habituales a partir de entonces.

El incremento de casos lleva a imponer el uso de la mascarilla también en el exterior y, a primeros de agosto, la entonces consejera de Salud, Nekane Murga, es la primera en hablar de una segunda ola.

El Gobierno Vasco decreta la emergencia sanitaria el 18 de agosto y los bares deberán cerrar a la una de la madrugada, no se permiten reuniones de grupos de más de 10 personas en la vía pública y en establecimientos hosteleros, unas restricciones que se producen semanas antes de la temida «vuelta al cole» que, sin embargo, se produce con relativa normalidad.

Gipuzkoa

Pero el SARS-Cov-2 demuestra su capacidad de crecimiento exponencial y empieza a cebarse con especial virulencia en Gipuzkoa, el territorio menos afectado durante la primera ola que será epicentro en la segunda cuando llegó a superar una incidencia acumulada de mil casos por 100.000 habitantes.

Después de que el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco tumbara la pretensión de prohibir las reuniones de más de 6 personas por considerar que violaban derechos fundamentales, el 23 de octubre Urkullu pidió a Pedro Sánchez que decretara en toda España un nuevo estado de alarma para restringir la movilidad y tratar de controlar la segunda ola, que en número de positivos estaba superando en Euskadi todas las líneas rojas con récords de 1.400 contagios diarios.

Hostelería

El toque de queda, el cierre perimetral de la comunidad y la movilidad limitada entre municipios no consiguen frenar los contagios por lo que el 6 de noviembre se decide el cierre de la hostelería durante un mes.

Tras el puente de la Constitución reabren los bares y restaurantes pero la flexibilización dura poco y días después de anunciar cómo serán las fiestas navideñas más atípicas, el Gobierno Vasco da marcha atrás ante el temor de que las celebraciones se traduzcan en una tercera ola en enero al tiempo que insiste en sus reiteradas llamadas a la responsabilidad de los ciudadanos.

Sin poteos previos a las cenas, ni comidas multitudinarias, las campanadas del día 31 anunciarán el adiós a 2020, aunque, en principio, no habrá tiempo para fiestas porque el toque de queda apremia y finaliza a las 00.30 horas. EFE


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